La anotación que realiza Borges, sobre cierto antepasado suyo: «le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir», es una alerta sobre nuestra debilidad para afrontar estos tiempos de incertidumbre.
Para acotar esta incertidumbre proliferan por doquier escuelas de coaching basadas en el entrenamiento en habilidades de liderazgo y de autoconocimiento. Este tipo de escuelas son una mala copia de las escuelas que existen en la India, China, Japón… escuelas filosóficas o sectas de sabiduría que se dedican expresamente a ejercitar la reflexión. En una vida normal, al menos en la sociedad occidental, la reflexión no surge sino cuando hay algún problema; normalmente uno se deja llevar por las circunstancias.
Sócrates en su famosa sentencia «una vida sin examen no merece la pena ser vivida», apela a la importancia de examinarse a sí mismo para mantener una actitud crítica sobre nuestros actos y sobre nuestras vidas, con el fin último de evolucionar para ser la mejor persona que podemos ser.
Aquí nos centraremos no en la reflexión teórica o cognitiva que es aquella que trata de conocerse a sí mismo, es decir, uno quiere conocer cuáles son sus creencias, sus deseos, sus emociones, sus sentimientos e incluso sus sensaciones. Lo característico de esta reflexión teórica, de esta reflexión que pretende conocerse a sí mismo, es que tiene que adoptar el punto de vista de un espectador imparcial, que adopta la perspectiva de un otro. Debe dividirse en dos. No es uno sí mismo, sino que es como otro.
Si no en el otro tipo de reflexión la práctica. Uno vuelve sobre sí, ejercita esta difícil postura de volverse sobre sí mismo. No para conocerse, sino para ratificar los propios compromisos.
Es cierto, que esta reflexión práctica o para simplificar este ejercicio de compromiso, introduce otro tipo de dualidad en el individuo. Que no es la dualidad propia de la reflexión cognitiva, que dice que para conocerse debe adoptar el punto de vista del otro.
Hay una división, una escisión propia de todo compromiso y de toda obligación entre el momento en el que se efectúa el compromiso y la expectativa de cumplir ese compromiso. En todos los estados mentales del individuo hay implícitamente siempre un componente de compromiso tanto en las creencias, como en los deseos, en las emociones, sentimientos etc. Hay un componente normativo o de obligación en ellos en la medida en que estos estados mentales cuentan a favor de obligar a portarse de acuerdo con esas creencias esos deseos, esas emociones o ese sentimiento. Cuentan a favor de un determinado tipo o curso de acción.
En todo estado mental, efectivamente, hay un elemento de compromiso, hay un momento de sí mismo, en la medida en que, justamente el compromiso es ese tipo de reflexión en la que uno no es como otro, sino que es sí mismo. Y ningún otro puede ocupar su lugar.
La reflexión práctica, el compromiso, se puede adulterar y corromper porque es muy inestable por dos motivos: primero, porque en la reflexión práctica, en el compromiso, está uno solo. Nadie puede comprometerse por uno. A diferencia de la reflexión teórica en la que uno siempre está acompañado de ese otro generalizado.
En cambio en el compromiso, uno está solo. Y es por eso que en este tipo de reflexión práctica creo coincidir con lo que Sartre, ha llamado la reflexión pura. Uno puede tener este sentimiento de angustia, de estar solo.
Por otra parte es inestable, porque uno de algún modo, necesita suponer que tiene una identidad fija, que tiene unas determinadas propiedades que permiten prever el comportamiento y esto da una gran seguridad. Pero claro, esa identidad fija que permite prever el propio comportamiento y que da una gran impresión de seguridad, responde efectivamente a lo que caracteriza el objeto del conocimiento y no del compromiso.
Yo conozco las propiedades de un objeto, yo me convierto en un objeto, quien tiene un determinado carácter, que tiene un determinado rol puedan prever ese comportamiento de algún modo. Me reduzco a cosa, que puedo prever.
Y es por eso, que la reflexión práctica, es muy inestable. Uno tiene tendencia a saltar a entrometer dentro de las ruedas de la reflexión práctica la reflexión cognitiva o tratar de evitar esta soledad que en mi opinión, es consustancial a la reflexión práctica.
Los presidentes del gobierno de España y el de Catalunya, en su encuentro, deben concentrarse en la reflexión del compromiso, ya que como hemos dicho: en todos los estados mentales del individuo hay implícitamente siempre un componente de compromiso. Hay un componente normativo o de obligación en ellos, en la medida en que estos estados mentales cuentan a favor de u obligan a comportarse de acuerdo con esas creencias, esos deseos, esas emociones o esos sentimientos.
Si esto es así, ¿cómo llegar a compromisos partiendo de creencias distintas?
Yo estoy en contra de esta concepción de la identidad en la que se supone que hay que tener un plan para la vida en su conjunto. Eso no quiere decir que haya planes parciales o que uno tenga uno a larga distancia. Pero para la vida en su conjunto es un error, porque eso elimina algo que creo que es fundamental en la vida, lo que se puede llamar «las ocurrencias sobrevenidas«. Los bienes o males imprevistos que pueden hacer cambiar radicalmente los valores últimos que uno había acuñado para elaborar un plan de vida.
Entonces si entendemos por prudencia no lo que entendía Aristóteles, sino, sencillamente, la gestión de un plan para la vida en su conjunto y entendemos por sabiduría la disposición de ánimo de estar abierto a que en la vida tengan lugar “ocurrencias sobrevenidas” bienes o males imprevistos que le hacen cambiar completamente el plan que tenia para la vida en su conjunto.
Yo diría que la sabiduría (la apertura a una nueva realidad catalana) está por encima de la prudencia (de la eterna obcecación española).


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