La teoría política inspirada en la solidaridad ha tenido tantos infortunios como alegrías en el campo de la política. La filosofía política ha dedicado sus mejores esfuerzos a pensar la libertad y la igualdad pero ha descuidado, incluso ignorado, la tercera parte de la triada revolucionaria: la fraternidad. Somos muchos los que anhelamos, debido al dolor que está causando la pandemia, el valor de la fraternidad resurgido tímidamente.
¿De dónde partimos? Si analizamos las motivaciones humanas, para crear un hábito de convivencia fiable, no encontramos entre las sobresalientes a la fraternidad. En la Ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber se pregunta: ¿Cómo se volvieron honorables las actividades comerciales, bancarias y otras similares para obtener dinero, en algún momento de la época moderna tras haber sido condenadas o despreciadas como ambición, amor al lucro, y avaricia durante siglos anteriores?
Desde la Antigüedad clásica los filósofos creyeron que el ser humano, y sobre todo su élite, eran rehenes de pasiones. A principios de la era cristiana, San Agustín había aportado directrices básicas al pensamiento medieval denunciando el deseo del dinero y posesiones como uno de los tres pecados principales del hombre caído; el deseo de poder y el deseo sexual eran los otros dos. Era necesario neutralizarlos si se quería convivir pacíficamente.
Surgió la sensación de que ya no se podía confiar a la filosofía moralizadora y a los preceptos religiosos la restricción de las pasiones destructivas de los hombres. Había que encontrar nuevas maneras y la búsqueda comenzó, de manera bastante lógica, con una detallada y sincera disección de la naturaleza humana.
Los humanos tenemos, efectivamente, pasiones destructivas: no pocas veces somos envidiosos y avaros, queremos asegurar nuestro poder aplastando a los demás, en ocasiones tenemos sed de venganza y en casos extremos hasta de sangre. Visto que la moral y la religión no sirven de demasiado para aplacar estos perniciosos rasgos humanos, una posibilidad era hacer que el Estado fuera quien se encargara de mantenerlos a raya mediante “la coerción y la represión”. Una solución más sensata fue la idea del control de las pasiones en lugar de su mera represión. De nuevo se confía en el Estado o la sociedad para la realización de esta hazaña, pero ahora no sólo como una protección represiva, sino como un medio transformador, civilizador.
De este cambio de perspectiva surgió un cambio de léxico: en efecto, se veía al interés participando de la mejor naturaleza de cada una de aquellas categorías, como la pasión del amor a sí mismo elevada y contenida por la razón y como la razón dotada de dirección y fuerza por esa pasión. La forma híbrida de la acción humana resultante se consideraba libre de la naturaleza destructiva de la pasión y de la ineficacia de la razón. No es extraño que la doctrina del interés haya sido recibida en su tiempo como un verdadero mensaje de salvación.
Por otra parte, si un hombre persigue su interés le irá bien, ya que por definición “el interés no le mentirá ni lo engañara”. Además, otros se benefician cuando perseguimos nuestro interés, porque nuestro curso de acción se vuelve así transparente y previsible, casi tanto como si fuésemos una persona totalmente virtuosa. La creencia en que el interés podría considerarse una motivación dominante en el comportamiento humano provocó gran excitación intelectual: por fin se había descubierto una base realista para un orden social viable.
La covid-19 nos aboca a que cada miembro del grupo haga lo mejor para él pero también lo mejor para el grupo, porque al igual que el instinto egoísta (interés) está en la naturaleza del ser humano también lo está el instinto de cooperación. O “esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre produce el bien”. Mefistófeles del Fausto de Goethe.


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