El vacío y la búsqueda: notas sobre existir ahora

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Había salmón en el suelo de un Ikea. Y una mujer rodeada de policías. Y yo, paralizado entre la vergüenza ajena y el impulso de hacer algo, volví demasiado tarde. Ella ya no estaba. Me subí al coche diciéndome que lo había intentado, sabiendo que no era suficiente.

Desde el aparcamiento observaba las colas. Gente que semanas antes era necesaria, buscada, disputada. Ahora sobraba. No hablaban entre sí. Hacían la fila en silencio, como individuos que el sistema había soltado. La crisis de 2008 no produjo solidaridad espontánea; produjo soledad en masa. Eso me dijo algo sobre nosotros que tardé años en formular: no somos una red. Somos nodos sueltos que funcionan mientras el sistema funciona, y cuando el sistema falla, aparece el vacío que siempre estuvo ahí, tapado por el ruido.

Mientras el mundo se detenía, yo escuchaba a Kant, a Lukács, a Ortega. Sonaban altísimo en medio de la nada. Sus voces llegaban a mí con más intimidad que cualquier cosa al otro lado de la puerta. Había algo paradójico en eso: los pensadores más abstractos resultaban más reales que la realidad.

Pero recordaba también otra escena anterior: los congresos de filosofía donde estudiantes como yo ocupábamos las últimas filas —el gallinero, literalmente— escuchando discursos sobre mímesis de praxis cognoscitiva mientras afuera había yonquis doblados en las aceras, manifestaciones laborales, la amenaza constante de atentados. Terminábamos haciendo canciones con la jerga académica. Era nuestra forma de sobrevivir a la asfixia de una abstracción que no tocaba nada.

Esa tensión nunca se resolvió. Se agravó.

Después vinieron más crisis, apiladas. La climática. La política. La pandemia. Recuerdo las imágenes de cuerpos entubados, inconscientes, rodeados de personas con trajes espaciales como si el planeta se hubiera vuelto hostil para la especie que lo habita. Esos cuerpos pesados, sin aliento propio, respirando por máquinas, eran algo más que víctimas de un virus. Eran una imagen de época. Nuestro Zeitgeist: la vida sostenida artificialmente, el yo desconectado de sí mismo.

La pregunta que se instaló en mí no era política ni económica. Era anterior. ¿Por qué no nos sentimos reales? ¿Por qué la depresión es la enfermedad de este siglo? ¿Por qué estamos tan solos en medio de tanta conexión?

Hay una respuesta que se repite, con distintas palabras, en tradiciones muy alejadas entre sí. Sócrates la grabó en piedra: conócete a ti mismo. No como ejercicio de introspección privada, sino como reconocimiento de que el yo no existe en aislamiento. Sócrates lo sabía, pero no necesitaba aclararlo: en su mundo era evidente que uno se conoce en el encuentro con otros. Nosotros heredamos la pregunta ¿quién soy? y perdimos el contexto que la hacía sensata.

Quizás habría que reescribirla: ¿quiénes somos?

El cambio no es cosmético. Implica romper una dicotomía que hemos dado por natural —individuo versus sociedad— y que en realidad es una construcción histórica que nos está costando muy caro. La razón que se autonomizó de la sensibilidad, el yo que se separó del nosotros, la mente que se desconectó del cuerpo y de la naturaleza: ese es el hilo que une la crisis económica, la climática, la pandemia y la depresión. No son fenómenos separados. Son síntomas.

No propongo una ideología. Las ideologías funcionan sobre individuos que obedecen o se enfrentan, y ese marco ya no alcanza. Tampoco propongo una utopía tecnológica: el transhumanismo asume que hay que escapar de lo humano cuando quizás el problema es que nunca terminamos de habitarlo.

Lo que propongo es más sencillo y difícil: sentirse vivo como punto de partida. No como metáfora, sino como experiencia concreta. La belleza que surge cuando dos intimidades se encuentran. La energía que llamamos amor. La sensación de existir que no depende de ningún sistema y que, sin embargo, es lo primero que los sistemas destruyen.

La ciencia ya cambió de paradigma. La física cuántica, la biología contemporánea llevan décadas mostrando que la realidad material no se agota en lo medible, que hay dimensiones energéticas que la razón autónoma no puede capturar. El pensamiento todavía no ha asimilado ese giro. Seguimos hablando de ser humano con categorías del siglo XIX.

Ha llegado el momento de ponerse al día. No para construir una nueva gran teoría, sino para recuperar algo muy antiguo: la conciencia de que existir es, en sí mismo, suficiente sentido. Que ese sentido es compartido. Y que desde ahí —solo desde ahí— puede empezar algo distinto.

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